Qué modelo! Impera la moda Obama. No podía ser de otro modo porque, al fin y al cabo, el nuevo presidente de Estados Unidos se ha convertido en el único político del mundo capaz de infundir entusiasmo y esperanza en los ciudadanos...
Lo que no deja de ser milagroso en un momento en que "el mundo mundial", que diría Felipe González, está sumido en la peor crisis económica que se recuerda, con miles de empresas en quiebra y millones de trabajadores en paro. Una crisis que ya nadie puede calificar de coyuntural, ni siquiera de puramente cíclica, y que parece haber afectado a los mismísimos cimientos del sistema.
Ya se dijo hace unos meses que el detonante había sido la codicia. Y se podría añadir que la economía funciona precisamente por eso, por el afán de enriquecerse. Pero lo que ha ocurrido en estas últimas décadas de fundamentalismo neoliberal es que ese afán se ha desbocado hasta convertirse en la grande bouffe del dinero. La gran comilona imposible de digerir que ahora sólo provoca vomitonas. Claro que unos vomitan y otros pierden el empleo. Porque hay unos señores que se enriquecían en Wall Street, por citar un ejemplo, que son los principales responsables de la crisis financiera, muchos de los cuales siguen en sus puestos y se reparten sobresueldos por su buena gestión, y hay millones de trabajadores en todo el mundo que como consecuencia de esa actuación están engrosando las listas del paro. Y ni siquiera son empleados de la bolsa o de la banca, son obreros de Seat o de Nissan o trabajadores de la construcción o pequeños comerciantes, que pagan con su empleo la mala gestión de los que se creían los amos del universo.
Así que la cuestión que se plantea ahora no es sólo cómo salir de esta. Los sabios en la materia, reunidos en Davos, no supieron proponer nada más allá de lo que se le ocurre al común de los mortales.
Encontrar una salida es muy importante, pero lo es también decidir qué modelo económico conviene impulsar. Si hay que revitalizar este que ha reventado por todas las costuras o si habría que-instaurar otro, más inteligente, más prudente, más respetuoso con el medio ambiente y, sobre todo, socialmen-te más justo con los trabajadores y con unas expectativas de beneficios más moderadas.
Aquí es donde llega Obama y su discurso ilusionante. No porque predique una revolución, simplemente porque lo que dice es tan inhabitual que suena transformador. Así que si Obama quiere sanidad para todos en EE.UU., o inversiones mul-timillonarias para crear puestos de trabajo, o echa la gran bronca a los directivos de la banca que se reparten sobresueldos con el dinero que ha puesto el Estado para rescatar las entidades de su mala gestión, eso suena a justicia social y, tras tantos años de neoliberalismo, hasta suena revolucionario. Obama es un soplo de aire fresco, pero por excelso que parezca no podrá hacer milagros. Puede, eso sí, ir extendiendo una nueva manera de hacer las cosas, que si impregna a la mayoría de la sociedad y se contagia a otros países podrá contribuir a cambiar las cosas.